Felicidad vivía al lado de nuestra tienda y llevaba casi un centenario pisando fuerte.
Normalmente compraba Montagnolo y siempre nos llamaba prenda.
Era 24 de diciembre.
Eran las 14.30 y estábamos a punto de cerrar.
Felicidad nos había encargado una tabla de quesos para cenar y se le había olvidado venir a por ella.
La llamamos por teléfono.
Nos pidió si, por favor, se la podíamos acercar.
Subí a su casa con la tabla en brazos. Me invitó a entrar.
Tras recorrer una entrada homenaje al ganchillo, al niño Jesús y al gotelé, llegué a la cocina.
Tenía una olla gigante con unes fabes en el fuego que olían a gloria.
Pruébameles fíu, a ver cómo están de sal.- me dijo.
Sacó su apretada cartera de las monedas.
Afortunadamente, sacó un billete.
Tiene un nombre muy bonito - le dije
Pues a mí no me gusta nada - protestó.
Felicidad tenía mala leche.
Pero le gustaban los buenos quesos.
Y las cosas bien hechas.
En nuestra tienda, hacer las cosas bien es nuestra religión.
Como se hacían antes. Con cariño y paciencia.
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Como hacía Felicidad.